La Boda de Mi Mejor Amigo cumple 20 años y merece recordarse

La Boda de Mi Mejor Amigo nos permitió ver una faceta diferente de Julia Roberts
Foto: TriStar Pictures
Julia Roberts hizo de La Boda de Mi Mejor Amigo una de las comedias románticas más interesantes de los últimos tiempos.
La Boda de Mi Mejor Amigo se estrenó en julio de 1997, y aunque pasó desapercibida como un blockbuster familiar, hay que recordarla como una de las mejores comedias modernas.

El fin del Siglo XX hacía que todo se viera extraño. La gente se veía con temor y desconectaba su tostadora en las noches por si las máquinas se revelaban inesperadamente. 1997, con la psicosis en aumento, nos trajo La Boda de Mi Mejor Amigo, donde Julia Roberts mostró una cara diferente y consolidó su carrera.

Esta película pasó desapercibida en su época y no fue valorada como, presumiblemente, debió haber sido. Desde su guión hasta las actuaciones que se conjuntaron para lograr de esta una comedia romántica que revivió el género e inauguró, tal vez sin conciencia, un humo pullante, lejos del clásico humor estadounidense, lleno de obviedades y chistes hirientes apelando a las carencias del interlocutor.

Julia Roberts, la destozahogares que se hace pasar como la cándida y buena amiga de Michael, rivaliza con Cameron Díaz, la rubia ingenua y futura esposa del hombre que el personaje de Julia ama, es una de las formas más deslumbrantes de representar un conflicto social y cultural que las mujeres han tenido que aceptar y acatar por años, lejos de la unión femenina, al ser objeto de deseo que tiene que ser vencido por el hombre soso, romántico que las rescatará de su soledad indignante.

Esta rivalidad, cuando comienza a fraguarse, vuelve esta comedia en algo antiromántico. Los personajes destrozan la idea del amor romántico y empiezan a dar una visión más amplia de lo que significa amar, y de lo que definitivamente no lo es. Al final de la película entendemos que esos intentos desesperados de Julianne por destruir la relación de Michael para quedarse con él, no son otra cosa que la respuesta y justificación de una visión misógina y medieval del amor, donde el que fuera más astuto y fuerte para destrozar a su rival se queda con la damisela, que en este caso es un hombre.

Asimismo, por el lado de la “víctima”, encontramos una persona que, a pesar de ser ingenua, toma el duelo por igual y lo transforma en una competencia que no se basa en el cariño, sino en el no perder. Todo esto se suma y se resalta en los diálogos que son perfectamente armados para construir un discurso sensato sobre la idea del amor eterno y las bodas como demostración de algo que debería estar implícito en el puro acto de querer a alguien y que con frecuencia no se haya cuando los dos implicados camina “hacia el altar.”

Por otro lado, la película está bellamente filmada con planos medios y a detalle que se superponen y tomas largas ocasionales que realzan ciertas partes del filme. Su director, P. J. Hogan, logró dejar su idea clara en esta película y reforzó todo con su idea fílmica, que dejó también piezas musicales en su soundtrack, como el cover coral acompañado de un piano de “I Say a Little Prayer” de Aretha Franklin.

La Boda de Mi Mejor Amigo merece la etiqueta de clásico, además de una revisión a 20 años de haberse estrenado. Su concepto y personajes rompieron con la idea salvaje del amor romántico que, incluso, Julia Roberts había interpretado en Pretty Woman y para hacerla mejor, está aderezada con música.

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